The Pains of Being Pure at Heart, satisfacción con dolor

Era la tercera vez que los veía en directo. La primera fue sin casi sin querer en el escenario Pitchfork del Primavera Sound. Pasaba por allí y una preciosa lluvia de guitarras me atrajo cual rata indie en el Hamelin barcelonés. Sin tiempo a aprender a pronunciar su nombre de tacada, y esta vez con alevosía, acudí a la cita con los de Brooklyn en el inédito Greenspace de 2009, celebrado en el Puerto de Valencia. Bolo decepcionante y la certeza de que había que darles una oportunidad en sala cerrada. Sus dos notables discos hasta la fecha también clamaban una techada venganza que llegaba a Valencia el martes 10 de enero y en la sala Wah Wah.

Para comenzar, la misma relfexión de siempre: por qué un grupo mete el día anterior 1.000 personas en Madrid y en Valencia los benditos promotores (
Tranquilo Música, como de costumbre) se las vieron y desearon para superar las 300 almas. Pues eso, que tal vez tengamos lo que merecemos. Al menos yo era de uno de esos 3 centenares y la sensación, a poco del comienzo, era de lleno y de excitación.

La primera sorpresa (me lo chivaron) fue que Connor Hanwick (recientemente renegado de The Drums) era la segunda guitarra, la peleona, de la formación. Al parecer Hanwick está liado con la teclista de rasgos asiáticos Peggy Wang-East (esto también me lo chivaron). No se cómo se dirá en inglés pero en valenciano: “tira més un pel de figa…”. La cuestión es que el enamorado instrumentista dio toda una lección de lo que es elshoegaze: distorsión a raudales y él como si nada, mirándose las bambas. Unas gotas más de volumen no hubieran venido mal. La distorsión es para gozarla, para que remueva las vísceras y, sin embargo, se quedaba, gustosa, en la epidermis.

Pero el grupo lo sigue liderando Kip Berman que es, junto a la exótica Peggy, el centro de atención de todas las miradas. Berman ha mejorado mucho en escena; se movió enérgico y transmitió la intensidad necesaria para mantener vivas a las primeras filas. Peggy, delicada, se tapaba la cara con el pelo pero sus estudiados movimientos y su aparente timidez aportaron el morbo justo para acertar con la mezcla. La buena noticia, que no se le oyó mucho en los coros. El técnico sabe, mejor que nosotros, que mejor que se intuyan.

Alguno puede pensar que todas las canciones son iguales, y en cierto modo esa es la gracia de las melodías de un grupo que es digno heredero de Jesus and Mary Chain: parecen cortadas por el mismo patrón, pero no lo están, pues en los detalles, los océanos de distorsión, las líenas de bajo y los estribillos está la diferencia. Si uno consigue meterse –a mi me costó pero lo conseguí- logrará adentrarse en un placentero viaje en volandas de los zumbidos que disparan los amplis. Lo mismo de antes: un poco más de agresividad, un poco más de violencia sonora, de esa que te atraviesa sin miramientos, no hubiera estado de más.

Cuando hay temazos todo fluye, y ellos tienen varios. Si “Heart In Your Heartbreak”, “Young Adult Friction” o “Come Saturday” caen casi seguidas pues uno como que da por bien pagado su ticket. Un poco de susto cuando a los 45 minutos de actuación el grupo se retira y pocas eran las balas en la recámara. Pero aún dio tiempo para un rematado bis en el que Kip se marcó, de manera certera, “Contender” en solitario y finiquitó con unas bravísimas “Higher Than the Stars” y “Strange”. Casi mejor dejarlo ahí, ya estaba bien y eran varias las birras, que además al día siguiente había que madrugar.

En definitiva, que un poco más impuros, algo más agresivos, hubieran estado mejor. Pero total, satisface y duele igual.

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