The Sadies: Androides del country

Poco a poco, visita a vista, The Sadies siguen sumando acólitos en la ciudad. Unos 200 fuimos en Wah Wah. Era una fría noche de jueves. Es de cajón. Hay mucho y respetable grupo europeo y español haciendo rock americano de raíces, pero, ay, cuando la cosa llega desde el otro de lado del charco se nota; ese indescriptible sabor que dejan las guitarras bien estrujadas.

Apenas una hora antes, cuando cumplíamos con ritual de llenar el gaznate en el adyacente y hermano Lets Go BarTravis Good se fumaba un pitillo a las puertas de la sala. Estaba sólo, nadie se acercaba a estrecharle la mano ni a pedirle un autógrafo. Como si no fuera el héroe que cuando se colgó la guitarra demostró ser. Qué dura la vida en gira. Qué tío más grande.
De nuevo en formación de a cuatro, a los hermanos Good les secundaban Sean Dean (contrabajo) y Mike Belitsky (batería). De sobra. Elegantes, siempre con sus mejores galas (diría que repetían traje con respecto a su última visita en 2012), los canadienses dieron comienzo a ese viaje por la génesis del rock americano. Y así, presos de una técnica paranormal, nos subieron a lomos del country, el rockabilly, la psicoldelia o el western surfcon una profesionalidad y precisión tan certera que cualquiera hubiera dicho que eran androides. Sin descanso ni mirar la chuleta entre tema y tema. A piñón.

Traían disco fresco (de 2013) bajo el sombrero. Decir que Internal Sounds es su mejor trabajo no es por capricho. Probablemente es el álbum que muestra de mejor manera el esplendor que proyectan en vivo, y así lo atestiguaron con canciones como la psicodélica “The first 5 minutes”, la clásica “Another day again” o las soleadas “The very beginning” y “Starting all over again”. No se dejaron perlas de sus anteriores referencias en una actuación de poco más de una hora que propició dos bises. Como si quisieran haber seguido tocando toda la noche. También hubo espacio para exhibiciones instro que supieron colar en el momento adecuado.

A veces la guitarra de Dallas lo iluminaba todo, era entonces cuando Travis plantaba una luna de sonidos eclipsando a su hermano. Los piques, ya todo un clásico en sus bolos, son continuos y ensayados. Ya sea Fender contra Gretsch o violín, la pugna por saber quién era el más rápido del Oeste quedó en tablas.

Cuando todo acabó me acerqué a Travis, le estreché mi mano derecha y le dije, a mi manera, “congratulations”. Qué bonita es la vida en gira.

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