Rodríguez, lo imposible

En el año 1970, la industria de la música tenía su eje en la grabación y venta de discos, entonces de vinilo, en formato Long Play (LP) fundamentalmente. Era una industria importante, con peso económico y, sobre todo, como consecuencia, con gran influencia social. No se grababa a cualquiera, y los elegidos por las compañías eran unos afortunados. En USA, por su tamaño, lo eran doblemente. Si además eras pobre, multiplica por tres. Sixto Díaz Rodríguez, hijo de emigrantes mexicanos, era de los que aspiraban a la triple corona.

Entre los asistentes a su presentación en España hay, desde luego, menos hipsterspor metro cuadrado de los que hubo en el Primavera Sound. El evento despierta mucha expectación, de lo que darán cuenta cinco cámaras, cinco, de TV. Alrededor de este cronista solitario se escuchan comentarios como: “si no has visto el documental no tiene sentido venir al concierto” o “sí, sí, tiene glaucoma”.
Mientras el público espera, hace su aparición en el escenario un chico solo con pinta de no haber roto un plato que porta, cómo no, un ukelele. Tras los primeros agudos compases del instrumento van saliendo el resto de la Free Fall Band a ocupar respectivamente su teclado, batería, saxo-clarinete-armónica y su bajo. Para que me entiendan, y por simplificar, un grupo en la estela de Housemartins. Correctos políticamente, aseados, majos, que adoran el pop, como ellos mismos dijeron, y que seguramente reniegan del rock y de las drogas (del sexo no reniega ninguna tribu por el momento), cantan en perfecto english. Y si encuentran más público como el de anoche, orgulloso de que estos chicos tan sanos sean catalanes del Maresme, tendrán lo mismo que obtuvieron anoche, unbig success.

Al contrario de lo que ocurre hoy en el “mundo” de la música, que hay que cantar a los cuatro vientos de la red, y toda la música, que es demasiada, está al alcance, entonces había que salir a buscar los talentos. Ojeadores al acecho se recorrían los garitos de principiantes a ver si saltaba la liebre y, con suerte, quizás, se cobraran una pieza de caza mayor de vez en cuando. Lo eligieron y grabó un primer disco LP. Pero “
“Cold Fact”, by “Rodriguez”, no consiguió lo que buscaban sus promotores a pesar de tener en su música y en su actitud los ingredientes de la tradición post Dylan y post hippie. Hubo un segundo intento. Otro disco un año después, Coming From Reality. La apuesta de sus productores se volvió a perder. Fin de la historia. Como esta debe haber muchísimas.

A las 21.30h en punto, con un clamor, se recibe a Rodriguez. Su electro-acústica en una mano, su melena negra negrísima y su indumentaria en plan “Cash, man in black” podrían perfilar a un tipo duro de pelar. Sin embargo, tiene que salir guiado al centro de la escena para enfrentarse a un micro que localiza al tacto antes de cada canción, a pesar de llevar unas grandes gafas que poco le ayudan. Un enorme escenario colocado en la simulada plaza castellana del Pueblo Español de Barcelona cobija a la leyenda, ahora tocada con un sombrero de fieltro de ala baja, también negro.

Hace un año, prácticamente nadie aquí sabía quién era Rodriguez, pero el aforo del Pueblo Español de Barcelona está sold out hace tiempo. Rodriguez acaba de pasar por Glastonbury y otros emblemáticos escenarios europeos. De hecho, su actuación aquí y ahora es una consecuencia de su cancelación en el pasado Primavera Sound, donde se vendían las entradas al premium price de 5 Euros para los abonados como compensación por las molestias para aquellos que tenían como objetivo haberle visto allí. El artista tiene 71 años, y muchos asistimos al concierto atraídos por la historia, por la curiosidad de su historia, no por su música. Esa es la verdad.

Con una forma de rasguear su guitarra que parece la de un cantautor autodidacta que hubiera visto tocar a los flamencos de por aquí, y su voz, el concierto comienza con una de las muchas versiones que incluyó la noche. “Qué bonitos ojos tienes debajo de esas dos cejas, malagueña salerosa”. Público in the pocket. Luego ya la noche transcurrió en su idioma, en inglés, y le acompañó una banda cumplidora que en ningún momento pudo hacer sombra a este tío de innegable clase que, pese a su edad, su limitadísima visión y haber estado apartado del show business larguísimos periodos de tiempo, mantiene un savoir faire que no vamos a descubrir nosotros.

Que sus canciones merecen la pena ya lo sabían los que le ficharon en el 70, los australianos que acudieron a su gira de conciertos del 79 en aquella isla continente (episodio olvidado en el olvido), y la inmensa mayoría de sudafricanos, que entronizaron a Rodriguez durante décadas por su valor real, sus canciones, sin que nadie, fuera de aquel país, se enterara y sin que a nadie en Sudáfrica le importara realmente si el chicano del que solo se conocía la foto de la portada del disco estaba vivo o muerto. Del apartheidpersonal de este hombre pueden leer más detalles si buscan por ahí, y, si alguien aún no lo ha visto, pueden visionar “Searching For Sugar Man”, premiado con Oscar, por si se buscan referencias acerca de la “calidad” del docu.

Los momentos de la noche fueron los hits de Cold Fact, el disco mítico: “Inner city blues”, “I wonder” (but I really don´t want to know, aclaró) y “Sugar man”. En esas canciones de cantautor es en las que uno comprende que un productor de Detroit en los 70 viera en Rodriguez a un artista con posibilidades. Su modo de frasear, arrastrado y lento, conduce por los tracks que marcó Bob Dylan, y es en los medios tiempos y las baladas en los que consigue su punto. Aunque también se atreve con el swing cadencioso, algo más parecido a lo que luego haría Lou Reed. Pero hablamos de una persona de USA 100%, no nos equivoquemos, con el concepto de espectáculo que allí tienen para este tipo de old stars. De modo que hubo bastantes versiones. Eso sí, con el estilo Rodriguez. Canciones tan buenas que nunca quedan mal en ningún repertorio. Cayeron “Fever”, “Lucille”, y otros clásicos. Finalizó con otra versión en el bis después de una hora justa de concierto, R & R, Shake baby shake. Y todos contentos.

El olvido al que el mundo grande de hace más de cuarenta años sometió a un artista que tuvo algo que contar y que tanto representó para la vida de millones de personas en un país y un continente que no eran el suyo, un enorme éxito cuyo eco, ni por casualidad, llegó a su conocimiento, parece un cuento. Pero la realidad ha superado dos veces a la ficción en esta historia, y el mundo pequeño de hoy, en el que las imágenes valen más que todas estas palabras, ha convertido aquel cuento en uno nuevo. Este, de hadas. Lo imposible.

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