Micah P. Hinson, la grandeza de un antipático

Como de alivio era la cara de los promotores al finalizar el concierto de Micah P. Hinson. No es de extrañar si tenemos en cuenta que la del norteamericano había sido la última actuación de la rebosante y variopinta segunda edición del Festival Urbano Valencia. Como espectador, es de bien parido agradecer la oportunidad de haber podido catar, a lo largo del mes de noviembre, propuestas como la de TidersticksLos Evangelistas,Patti SmithThe Jim Jones Revue o Chameleons Vox, por citar las más reseñables. Para los promotores, y más en los ingratos tiempos que corren para el vendedor de cultura, todo un maratón de altibajos y tensiones que esperemos goce de tercera entrega.

La velada seminal era cosa de tres y, por lo que cuentan, el orden ya había enfurecido a un indomable Micah P. Hinson. Al parecer, el artista llegó refunfuñando por el hecho de que Bigott se interpusiera entre su concierto y el de la que sería, por esa noche, su banda de acompañamiento, los canadienses Timber Timbre. Una botella de güisqui calmó los ánimos… al menos hasta el momento de la actuación.
El auditorio del Espai Rambleta se enfrentaba a la difícil tarea de apaciguar, durante tres actuaciones seguidas, a las cerca de 600 personas que tenían ganas de viernes. Puntuales y con el marrón de saberse comparsas de Micah P. Hinson, abrieron Timber Timbre. También es cierto, por otra parte, que de no ser por su función de acompañantes, hubiera sido imposible verlos en un espacio como el que nos ocupaba. Y mira tú por donde, se marcaron el concierto de la noche. Las variaciones del folk son inescrutables y hete aquí una nueva y acertada manera de exprimir el legado. Las elegantes e inquietantes siluetas que proyectaban sus sombras se mezclaron con el sonido de terciopelo azul que emanaban batería, violín y guitarras. Un espectáculo de canciones que comenzaban melosas y acababan en remolinos tóxicos que concluían, como su actuación, cuando el placer iba a estallar y quedábamos con ganas de más.

Salimos, satisfechos y todavía aturdidos, a consumir porque enseguida llegaba Bigott. Después de haberlo visto 5 veces en los últimos 8 meses, uno se preguntaba si el zaragozano y su banda (Paco Loco incluido) tendrían algo nuevo que ofrecer. Consciente de que el auditorio le iba a permitir jugar con otras posibilidades y con las ganas, curiosidad y diversidad de recursos que tienen como formación, no lo iban a desaprovechar. Fluctuando entre las canciones de sus cuatro lúcidos trabajos hasta la fecha, el maño se movió entre estilos descolocando a la mayoría del aforo al cambiar ritmos y melodías de algunas de sus canciones. El rock lisérgico de los Doors, el folk tradicional de Cash, el ruidismo alternativo de los 90, la electrónica chabacana (¿homenaje a nuestra Valencia?), el tropicalismo o labossa nova… y hasta la psicoldelia californiana (lugar al que apuntan las dos nuevas canciones que se marcó), el concierto fue espectáculo y se saldó con victoria y algún bis bailongo. Divertido y surrealista, como todo lo que hace, dejó claro que lo suyo es un proyecto serio que tiene continuidad en breve.

Ya calmados del tifón Bigott, de nuevo en nuestras butacas, apareció en escena Micah P. Hinson acompañado de Timber Timbre, ahora reencarnados en The Junior Arts Collective, y dando la cara. De salida, la actitud dispersa del de Tennesse frente albackline fue el preludio de una irregular actuación. Con la banda intentando salir del paso con profesionalidad, los minutos se hicieron eternos y aquél, sin mirar a la cara al público, seguía enfrascado en los cables que por el suelo serpenteaban. Empezó cayendo mal y hablando más de la cuenta entre canción y canción (calzando un “fucking” entre cada una de las palabras) quebrando el buen ritmo que hasta ahora habían seguido los acontecimientos. A la preciosa reliquia eléctrica y al reluciente micro de crooner años 50 que tantas veces nos habían hecho vibrar no se les estaba sacando el partido esperado. Pero, de repente, comenzó a levantar sus blancas gafas y se encontró dentro del artista con mayúsculas que es, e hizo virar el rumbo cuando no se atisbaba tierra salvadora. Bajo el aspecto de niño travieso surgió LA VOZ y comenzó a sentirse algo más confortable con los músicos que le secundaban (mejor cuando son Tachenko), mientras fueron cayendo versiones y temas propios verbigracia “Beneath The Rose”, “2s And 3s”, “Seven Horses Seen” , “Sweetness” , “Close Your Eyes” o “Can’t help falling in love”. Aunque lo mejor estaba por llegar en los bises. Salió el lánguido vaquero y de un espuelazo sacó a pasear su ajada guitarra acústica. Instrumento y dueño exorcizaron todos los demonios, cicatrices y humos que la vida les ha hecho engullir, y fue en ese instante cuando, sin darnos cuenta ni perdonarle la impertinencia, ya estábamos dejándonos las manos a aplausos y hasta alguna lagrimilla.

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