Low o la cadencia del amor

La primavera y Tranquilo Música trajeron a Valencia a Low. Si al impepinable repertorio y poso histórico (ya van 20 años) del grupo, le añadimos que se trataba de la presentación del deleitoso The invisible way, y enmarcado todo en un lugar tan apropiado como el Espai Rambleta, la cita venía etiquetada como ineludible. No existe tara física ni económica que valga como excusa ante la incomparecencia. No se llenó el auditorio, poco faltó; Valencia es así (de cateta).

Para amenizar la espera, y aguardar a los últimos rezagados que del curro iban llegando, aparecieron en escena Arborea. Matrimonio bien avenido del noreste de Estados Unidos, casi en Canadá, cuya música nos adentró en los bosques más remotos y ambientales del folk. La guitarra eléctrica de Buck Curran y la penetrante voz de Shanti Curran sirvieron de perfecto (y algo insípido) prolegómeno.

Aunque todo marchaba con suiza puntualidad, unos enormes dígitos advertían en pantalla que la cuenta atrás había comenzado. En el momento exacto, el trío de Duluth comenzó la actuación sin más presentación que los acordes y las suaves percusiones de “Plastic Cup”. Para entonces, un avión se proyectaba tras los músicos y nosotros ya volábamos pasajeros de la mágica cadencia de Low. Elevar con la música es un poder al alcance de pocos, y estos superhéroes de barrio atesoran sobrada habilidad para hacer levitar a un auditorio entero.

Apenas sin pausa, empalmaron con “On my own” y la fragilidad se hizo, por un momento, poético y controlado ruido. Molinos de viento a sus espaldas nos recordaron que el rock de trazo lento (o slowcore) puede ser tan penetrante y directo como la música más gigante y veloz. “Holy Ghost”, con una Mimi Parker inmensa, y “Clarence White” acabaron de dejar a las claras que The invisible way está a la altura de las mejores referencias de la banda. Más tarde, la querencia gospel de “Waiting”, la exhibición de esencia crooner que ofrendó Alan Sparhawk en “Mother” y, sobre todo, la inolvidable exuberancia pop que destiló “Just make it stop” certificaron el sello de calidad de este último álbum grabado, por cierto, por Jeff Tweedy (Wilco).

Por medio, claro, se fueron colando temas de su inmensa discografía. El penetrante bajo y la tensa emoción de “Monkey” o la detonación lumínica de “Walk into the sea” pusieron de manifiesto esa incunable obra llamada The great destroyer (2005). Los efluvios folkloricos de “Specially Me” (C’mon, 2011) y el éxtasis al que nos transportó ese fueraborda con el motor al ralentí que es “Words” (I Could live in hope, 1994) ya son parte de una postal impagable para los allí presentes.

Los bises, cayeron tres canciones más, no se hicieron de rogar en exceso. Por fin escuchamos hablar a Sparhawk; fue para agradecer el trabajo de sus compañeros y sucrew. Y, como padre que es, alentó a los presentes a que corrieran a estar con sus hijos al término del concierto. Aunque lo mejor ya había pasado, la dulce guinda de “I hear…goodnight” fue una precisa inyección de ese afecto desde el que compone el matrimonio de Minnesota. Calma y amor más necesarios que nunca en los tiempos de prisa y decadencia moral que atravesamos.

Las últimas imágenes de la proyección reflejaban un auditorio vacío. Se encendieron las luces y, nada más lejos de la realidad, aquello estaba casi lleno y la gente aplaudía, emocionada, en pie.

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