Low Cost Festival, el triunfo del perfil bajo

La propuesta alicantina se consolida merced a un cartel que combina la presencia de abundantes bandas estatales con algunos nombres internacionales de contrastado relieve popular

Aunque a Vince Power, propietario del FIB, no le guste, se consolida la apuesta de los festivales de bajo coste. Citas como el SOS 4.8 de Murcia o el Low Cost de Benidorm no compiten con Benicàssim en lo que se refiere a la importancia de las bandas que integran el cartel, pero, a cambio, ofrecen precios muy competitivos, menos masificación y un listado de artistas que los convierten en mini FIBs. Más que suficiente para un amplio sector del público, que busca, principalmente, tres días de fiesta con banda sonora moderna, no degustar las últimas novedades del panorama musical mientras alza una ceja antes de dictar veredicto. Desde el punto de vista de la calidad artística, son citas de escasa relevancia, pero movilizan a miles de jóvenes y siempre esconden alguna sorpresa apetecible, más allá de los socorridos reclamos.

 

CON LETRA GRANDE

En el reparto de tamaños a la hora de ocupar espacio en el cartel, es Mika quien se lleva el gato al agua. A principios de 2007, Michael Holbrook Penniman era un joven de 23 años desconocido en nuestro país. Nacido en Líbano, pero de nacionalidad británica, estaba a punto de dar el gran salto, gracias a una canción (“Relax, take it easy”) y un álbum (Life in cartoon motion) que le auparían a la cumbre del pop comercial sin por ello dañar su imagen de cara al público independiente (pasó por Benicàssim en 2008). Su voz de barítono ligero puede resultar exasperante, pero su espectáculo en directo resulta perfecto para un festival: Muñecos hinchables, disfraces, confetti, serpentinas, globos y todo tipo de parafernalia teatral que acaba por dejar la música en segundo plano, pero que ofrece al público lo que pide: Una buena ración de fiesta. Además, debería estrenar los temas de The origin of love, su inminente nuevo disco.

A su lado, compartiendo protagonismo y tamaño tipográfico en la cabeza del cartel, los suecos Mando Diao (que pasaron por el FIB en 2007), revivalistas con devoción por el sonido garage-pop que no editan disco desde 2009, pero que se plantan en Benidorm con un repertorio en el que, a falta de otros alicientes, presentan sus canciones sometidas a una revisión a base de nuevos arreglos.

Klaxons gozaron de su efímero momento de gloria con la pasajera moda del nu-rave, que les llevó hasta Benicàssim el pasado año, y ahora regresan, tras la descompresión fashion que marcó Surfing the void, su segundo álbum. En la costa castellonense compartieron cartel con los australianos Cut Copy, uno de los indudables atractivos del Low Cost.

Por su parte, Crystal Castles pasaron en 2010 por el SOS 4.8 de Murcia y dejaron un excelente sabor de boca. Dos álbumes de jugoso electro-indie avalan al dúo canadiense integrado por el productor Ethan Kath y la vocalista Alice Glass. Además, el shoegazing revisitado de los neoyorquinos The Pains of Being Pure at Heart, el revisionismo soul de Eli ‘Paperboy’ Reed o el indie-pop de los suecos Shout Out Louds completa la oferta internacional de un festival que también exhibe una abrumadora presencia de bandas españolas.

 

EL PELOTÓN ESTATAL

Es una de las grandes bazas de los festivales de perfil bajo: La abundancia de grupos estatales. En el caso del Low Cost, están prácticamente todos los que marcan la pauta en la actualidad, comenzando por los inevitables Vetusta Morla y los siempre eficaces (aunque ya en línea descendente) Fangoria, que encabezan un nutrido pelotón en el que destacan las formaciones situadas entre el sector mainstream y la independencia de baja intensidad: Desde los renacidos Sexy Sadie, que siguen paseándose por la geografía festivalera, hasta Supersubmarina, pasando por Dorian, Standstill, Lori Meyers, CatPeole, Love of Lesbian, Sidonie, Delafé y las Flores Azules o Dos Bandas y un Destino (la exitosa entente entre Arizona Baby y Los Coronas).

En letra mucho más pequeña, nombres bastante más interesantes, como los de los veteranos Sex Museum, los krautrockers Lüger, la feroz Maika Makovski, los volcánicos Atom Rhumba y Guadalupe Plata o los alicantinos Dei Suoni. Sin olvidar a Tiki Phantoms, The Bright, Eric Fuentes o los valencianos The Casters.

Un menú variado, con más de cincuenta grupos, que si bien no es el más idoneo para tomar el pulso a la escena pop actual, ofrece una alternativa económicamente asequible para todos aquellos que, buscando unos días de diversión estival, no se han podido permitir pagar los 175 euros que costaba el abono de Benicàssim (un precio que se elevaba hasta los 325 euros si se adquiería el Pase VIP), y que por solo 60 euros pueden disfrutar igualmente de tres días de música y playa.

Queda, como siempre, aplazado el verdadero debate en torno a los festivales de verano. Si realmente ofrecen la posibilidad de disfrutar de la música en buenas condiciones o si son una mera excusa vacacional. Porque parece incuestionable que la acumulación de grupos que proponen juega en contra del circuito invernal de salas y que el ambiente de cita social que prima en ellos se está trasladando a los clubes, refugio natural del directo a lo largo de todo el año.

 

Por Eduardo Guillot

 

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