Los Vicentes, solvente maquinaria de directo

La noche de fin de temporada entes del largo periodo de sequía de conciertos veraniegos por las salas de la ciudad, un servidor, en una jornada plagada de citas interesantes, decidió dejarse caer por la Sala Loco Club para disfrutar de la presentación del primer álbum (en formato físico, las canciones ya circulaban por la red desde el 2009) de Los Vicentes. El título ya no deja ningún lugar a dudas, Molar o morir, y sobre las tablas cumplieron la máxima a rajatabla.

Ante un aforo que cubría apenas media sala, las cosas como sean, y abriendo fuego The Recovers, agradable sorpresa a la que espero aguarde un gran futuro, no se hicieron de rogar estos veteranos integrantes de la escena valenciana. Cuando unos profesionales de semejante calibre se reúnen sin más pretensiones que la de divertirse y divertir al personal, rara vez suelen defraudar las expectativas, máxime cuando la banda cuenta con el completo apoyo del altísimo por hallarse en una misión a su servicio.

Y así fue, queridos herman@s como tod@s l@s allí presentes acabamos irremediablemente conversos a la sagrada orden vicentina a través de esa música de clara inspiración en la época dorada del punk que no solo no se molestan en absoluto en ocultar, sino que lucen con orgullo.

La solvente maquinaria musical se vio perfectamente engrasada por la actitud, la locuacidad y la cercanía de Roberto El Gato, cantante e hilarante maestro de ceremonias, aunque no es á él a quien cabe circunscribir todo el despliegue escénico que hizo de la noche del viernes una noche memorable por un tipo de actuación cada vez más poco común dentro del panorama valenciano. Los Vicentes, perros viejos, se saben todos los trucos para hacer interactuar al público, y que este deje de ser un mero receptor pasivo para convertirse en parte activa del showShow en el que desgranaron la práctica totalidad del álbum más algunos de los temas que conformarán su siguiente LP, que probablemente cuente con la producción de Andy ShernoffShow acabó como debe acabar cualquier buen bolo, alcanzando la orilla de esa isla tan inhóspita que hay entre las aguas de dejar al publico contento, y con ganas de más.

Al finalizar, le dije al Gato que no solo había visto la luz, sino que sentía que volvía a casa siendo mucho mejor persona.

Os lo aconsejo, queridos lectores, no os perdáis el próximo. Puede que no inventen la rueda, pero harán que os acostéis con una gran sonrisa de oreja a oreja. Y eso, hoy en día, ya es mucho.

 

Por Mariano López Torregrosa (Foto: Israel Sánchez Beato)

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