Loquillo: El Loco más puro

En toda la cara, una hostia así de grande, nos dio Loquillo junto a una banda de auténtico lujo: una lección sublime, monumental o busquen cualquier adjetivo que ponga una velada de lunes de música en directo en el Teatro Olympia por las mismas nubes. Porque así es como deberá ser recordado el paso por Valencia de Loquillo con su gira ‘A solas’ y un puñado en poetas.

Cuando sonó ‘El encuentro’, sólo con esa canción el vello se erizó no sé si cuatro o cinco veces de pura y desgarrada emoción.

Un Loquillo soberbio intérprete. Enorme sobre el escenario del Olympia –también aprovechando la platea–, haciendo el más difícil todavía sobre poemas de Luis Alberto de Cuenca, Benedetti, Gil de Biedma, John Keats, Atxaga, Cash, Brassens o Jacques Brel y también de amigos comoJaime Urrutia, Sabino Méndez o Gabriel Sopeña. Un artista en la cumbre, más allá del rock, pero en toda su actitud, sintiéndose y complicándose la puta vida y saliendo victorioso. Impecable en la interpretación pese a toda la dificultad que implica meterse en aquellos versos que ha ido recopilando, sintiendo y cantándo a lo largo de 15 años. Una cima al alcance de los grandes, reivindicación deletreada con pasmosa y elegante naturalidad. Un punto y aparte.

Algo brutal, y siguen cayendo los adjetivos por su propio peso. El Loco más puro que uno jamás haya visto, sobrecogedor. Con una banda que dejaba palpar con Jaime Stinus a la guitarra o b>Julia de Castro –un torbellino– al violín cada matiz hasta convertirlo con el hacer de Loquillo en algo emocionante.

Empezó con ‘Balmoral’ y todo lo que siguió se fue envolviendo de la magia del marco, un teatro abarrotado, con el artista echado la pata adelante, cosa del auténtico valor torero, y moviéndose libre, rotas las cadenas tras 33 años de una carrera a pulso siempre con todo. Marcando todas las distancias, mostrando y demostrando la razón de su privilegiada posición más allá de todas las filias y fobias. Porque, ciertamente, el Loco, el artista, está más allá de todo eso y pobre de aquel que no se quiera enterar. El recital del Olympia fue claro y meridiano al respecto.

El Loco comprometido con ‘Antes de la lluvia’ y ‘El año que mataron a Salvador’, ese recuerdo que parte en dos su infancia, aquella de domingos junto a su padre en La Monumental de Barcelona. Con clásicos como ‘Brillar y brillar’, ‘La mala reputación’ o ‘Los gatos lo sabrán’. O con un buen puñado de los últimos poemas musicados por Sopeña, los de Luis Alberto de Cuenca, en Su nombre era el de todas las mujeres. Entre otros, ‘Nuestra vecina’, ‘La noche blanca’, ‘Cuando vivías en La Castellana’ o la definitoria ‘Polítcamente incorrecto’.

“Dejar huella quería y marcharme entre aplausos. Envejecer, morir eran tan solo las dimensiones del teatro”, de ‘No volveré a ser joven’, el poema de Gil de Biedma que sumergió a todos en otro de los grandes momentos del concierto y un final susurrado con ‘Vintage’ como quien no quiere la cosa para acabar: “Ahora que todo es efímero y momentáneo reclamo lo absoluto y necesario”; sin más, y con toda razón y merecimiento. Porque, como sigue, “la belleza del recuerdo que perdura” es y será muy grande.

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