La encrucijada del FIB

Algunos de ustedes puede que recuerden aquellos años, entre 1995 y 1999, en los que había una palabra recurrente a la hora de calibrar el FIB: consolidación. Cada año iba a ser el de consolidación, pero la consolidación de marras no era algo que fuera a llegar por un golpe de suerte, sino a base de trabajo constante y de forma gradual. Casi quince años después, y con la manida consolidación como un recuerdo borroso, solo se habla ya de pervivencia. Y en esa tarea de subsistencia a la que ha de enfrentarse un festival que fue modélico y este año ha estado a punto de no celebrarse por impago a sus proveedores, la verdad es que el margen que él mismo se ha reservado es bastante estrecho. Sería de necios escatimar elogios a una cita que marcó el camino, que evidenció antes que nadie que se puede hacer negocio en torno a una cultura ajena al mainstream, y que además sigue teniendo la inteligencia necesaria (a diferencia de otros certámenes) como para poner en el centro del foco mediático a su público, al que sigue considerando como protagonista principal. Pero el margen de actuación al que su propia política de contratación de bandas le ha llevado en los últimos años es más que magro. Lo decíamos hace un año en esta misma tribuna: solo con el público foráneo, no salen las cuentas. El público español, salvo excepciones puntuales, hace años que emigró en masa a citas artísticamente más apetecibles y económicamente más baratas. Qué lejos quedan aquellos tiempos en los que el FIB se veía inundado de asturianos, catalanes y andaluces. Y sin ellos difícilmente la cita benicense superará en mucho los 35.000 espectadores de este año. Porque el público británico, muy joven, menos exigente y muy mayoritario en los últimos tiempos, no tendrá el menor reparo en cambiar Benicàssim por cualquier enclave costero de Chipre o de Grecia, a poco que encuentren un cartel parecido a precios similares. Así que homologarse a otras citas por lo bajo (precios de risa y bandas estatales) sería un suicidio, pero homologarse por lo alto (subiendo la cuota de riesgo y ampliando la paleta estilística y geográfica) tampoco garantiza nada, máxime cuando otro festival ya te ha comido la tostada hace años, e incluso se permite programar como cabezas de cartel a aquellos que tú ya traías hace más de una década. Miren el número de bandas norteamericanas presentes en el FIB de 2005, miren. Y no ha pasado tanto tiempo.

Convertir un festival más que consolidado en una mera franquicia de los devaluados Reading o Glastonbury comporta esos riesgos. Y no digamos ya si se importan hasta las costumbres, desdeñando casi por completo la idiosincrasia local (y no estamos hablando de la presencia de bandas de nuestro país). Este año hemos podido gozar de algunos conciertos más que solventes, que no han aportado prácticamente nada que no se hubiera podido ver en ejercicios precedentes. Independientemente de gustos, Arctic MonkeysPrimal ScreamMiles Kane o The Killers (qué se la va a hacer) triunfaron sin reservas, haciendo lo mismo de siempre y de la misma forma de siempre. Queens Of The Stone Age (al margen de algunas pequeñas sorpresas en los escenarios menores) fueron la excepción, por debutantes en Benicàssim. No hay estampa más clara del conservadurismo al que está sometida su programación. Ahora toca esperar cuál es la oferta para celebrar su edición número 20. La número 10 contó con Lou ReedBrian WilsonKraftwerk,Arthur LeePet Shop Boys y un Morrissey que pegó la espantada. Una apuesta por la veterana aristocracia rock, cuya viabilidad es bastante dudosa en las circunstancias actuales. No hay más que ver cuál es la edad media y la inquietud del grueso de su público. Pero habrá que estar atentos. Porque un FIB a medio gas siempre será, salvo alguna otra visita de relumbrón, el acontecimiento musical más importante del año en una Comunidad Valenciana en la que no andamos precisamente sobrados de ellos. Es lo que hay, y resaltar sus pros y sus contras, así como levantar acta de las enormes dificultades que ha sufrido este año, es obligación de una prensa que no tiene la culpa de la enorme merma en la venta de abonos.

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