La cara más tibia de Eef Barzelay

Noche primaveral y mediterránea. Un lujo. Eef Barzelay cenaba junto a su crew en el bar adyacente a la sala Wah Wah; espacio en el que actuaría minutos después ante un centenar de respetuosas personas. Allí estaba el artista; relajado y sin nadie que le entrara, como en casa. Temperatura y actitud familiares, cálidas y rutinarias que, para bien y para mal, se mantuvieron después en el escenario.

El norteamericano (aunque nacido en Tel Aviv) quiso anunciarse como Clem Snide pero sabe Yahveh que este es el proyecto monoteísta de Eef Barzelay, al que le sigue rentando más el nombre grupal con el que tanto bien ha hecho. El caso es que venía con la venia de presentar su último trabajo, Songs For Mary; un disco de clara vocación minimalista cuyo valor reside en la materia prima, es decir: las canciones; composiciones que en directo se mostraron tocantes por la facilidad que poseen para reflejar situaciones cotidianas de una manera emocionante y universal. Él, como algunos de sus coetáneos (véase Micah P. Hinson oWill Oldham), tiene el poder de hacer de lo sencillo algo genial y emocionante por la vía de lo innato, y así fue en muchos momentos. En otros quizá se pasó de distensión.
Ben Martin (batería) y Edu Martínez (teclados) secundaron a Barzelay formando una terna compenetrada y fausta. Martin se lo pasó en grande (hasta tres veces se le escurrió una baqueta de las manos) ofreciendo temple o caña, según el tema lo pidiera. Martínez, por su parte, dio toda una lección de agilidad al marcar los ritmos de bajo con la mano izquierda y dejar las genialidades para la derecha. Lo que tenía claro la banda, y supo hacer con acierto, fue erigirse en aderezo del zurdo capitán y su acústica. Como los buenos árbitros, estuvieron bien porque dejaron jugar al líder sin querer acaparar más atención de la justa y necesaria.

Cada día con más facilidad para canalizar la generosa gama cromática de su aparato bucal, el cantautor ofreció toda una exhibición de exquisito country de querencia pop. Entre la seriedad que imponen ciertas canciones y la anécdota jocosa, siempre inherente a su personalidad, se dirimió una velada notable (nunca inolvidable o de sobresaliente). Por el camino, algo más de hora y media, dejó poco para los ávidos de las delicias de antaño («Nick Drake Tape», “No one’ s more happy tan you” o “Moment in the sun”) y se marcó algunas versiones verbigracia «You Can’t Always Get What You Want» (Rolling Stones) o «Who Loves The Sun» (Velvet Underground).

En las postrimerías el de Nashville se quedó huérfano en el escenario con la única compañía de un ukelele. Tuvo su punto pero esta fase tampoco quiso encararla con excesiva seriedad y se alargó en demasía. Momento para recordar, la personal y dulce versión del clásico “Fly Me to Moon” que unos vieron como regalo, otros como sobrera y hasta hubo quien la concebió como una opción a tomar en cuenta ante los tiempos de mierda que corren.

No hay dos conciertos iguales de Clem Snide”, dice su amigo Miguel Ángel Landete (Senior). No soy el más indicado para dar de fe de ello, pues solo llevo dos, eso sí, dispares entre sí. El que nos ocupa puso de manifiesto la cara más distendida y laxa de Barzelay. El hecho de que apareciera en escena descalzo refleja a la perfección lo confortable que se sintió el artista desde el primer momento; una comodidad que en diferentes ocasiones desembocó en pasajes arduos y faltos de ritmo. Si uno se acuerda dos veces en un mismo concierto del sofá, mala señal.

Algunos echamos en falta algo más de anteriores primeros discos. Más luminosos, no por ello mejores. Pero eso es más culpa nuestra que de Barzelay. En realidad, sabíamos a lo que veníamos. Ahora él está por otras cosas: buscando la canción perfecta a base de eliminar lo superfluo. Tal vez algún día la encuentre.

Antes había fosilizado la sala el trovador Donostiarra Rafael Berrio. El alcohol y las relaciones sentimentales empaparon unos intrincados poemas oscuros a los que dotó de música con una quejosa eléctrica como única pluma. Los que fueron puntuales quedaron absortos y fríos escuchando en silencio esas crónicas de noches en vela y vicio que son sus canciones.

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