La autobiografía perfecta de Mikel Erentxun

El pasado viernes le tocaba el turno a Mikel Erentxun en el circuito Live The Roof Valencia. Cien personas fueron las afortunadas de poder ver a una de las glorias del pop español en la terraza del Hotel Barceló, con unas vistas difíciles de superar.

De estas cien personas que acabaron con el aforo del “roof”, noventa y ocho (me atrevo a decir), ya habían pasado la crisis de los cuarenta.

El donostiarra no se hizo esperar, 30 minutos después de la apertura de puertas aparecía con camisa vaquera, pitillos y zapatillas, para hacer que la gente olvidara sus problemas: crisis existencial, crisis económica, el bache de los cuarenta… y hacer que durante casi dos horas (lo que duró el concierto), toda esa gente volviera a su adolescencia de pantalones acampanados y camisas desabrochadas, copa en mano (Licor 43 patrocina esta velada).

Con este encuadre, dio comienzo un recital de temazos con el aleatorio activado, haciendo recorrido por algunos de los hits de Duncan Dhu y por sus temas en solitario, hasta llegar a “Corazones”, el disco que estrenó a principios de este año.

“Tardes de lluvia, mañanas de sol”, ”Vasos de Roma y Ginebra” con la armónica colgada al cuello, “Cadiz”, “Camas de hierba” y hasta su canción más odiada, con la que hace poco se ha vuelto a reconciliar según cuenta; “Una calle de París”. Y después de esto…”siempre quedará mañana la mañana del mañana…” imaginaos el acaloramiento del público.

El ex-líder de Duncan Dhu no dio tregua, bebió un trago de su copa de vino “para aclarar la voz” y retomó con “Cartas de amor”. Así se llegó al descanso de diez minutos para emborracharse, tomar aire e intentar poner fin a la soltería.

La terraza del hotel se convirtió en una fiesta de amigos, en la que el protagonista de este Live The Roof, era un invitado más. La segunda parte del partido contuvo “Amara”, “Con el tiempo a favor” y “El hombre que soy”, tema de su último disco; una autobiografía perfecta, confiesa: “condecorado, enfermo y cabal, enamorado”.

Se rompió la barrera entre cantante y público, lo cual supuso un Yin Yang: la parte positiva, la noche se convirtió en una velada divertida, en la que todos participaban, pedían canciones y ayudaban con los coros. Por el contrario, la parte sombría fueron esas copas de más que algunos llevaban, interrumpiendo al rockero y haciendo que hubiera un murmullo constante durante las canciones. Aún así, Mikel aguantó el tirón y se tomó con buen humor todos los acontecimientos… tanto, que no le importó cantar por petición popular dos de sus temas más aborrecidos, con los que cerró la velada: “Jardín de rosas” dedicada al padre de Diego (compañero de Duncan Dhu), y “Cien gaviotas”, ya de pie y con la guitarra desenchufada.

Así se despidió de Valencia: con un brindis por el caloret, a tres notas de la afonía y con la promesa de probar la cazalla. Por noches como esta y por gente como Erentxu, el pop-rock ochentero está demostrado que aún tiene mucho que aportar.

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