Kitty, Daisy & Lewis, delicioso viaje a los años 50

Horas antes de que comenzara el esperado concierto, se anunciaba que se habían agotado todas las entradas puestas a la venta. Por esta ocasión, Valencia había formado parte de la minigira estatal de una banda de entre mediano y gran calibre, algo que se hecha bastante en falta cuando uno observa las fechas confirmadas por las distintas bandas de moda, más en especial, desde el cierre del inmenso Greenspace hace ya algún año.

Exigencias a parte, cada uno de los rincones de la sala El Loco se iban llenando poco a poco. Sobre el plato del vinilo giraban discos de Paul Peek, The Clamps o Bob Luman. Entre el público, sobresalían las pestañas postizas, oscurecidas por un grueso eyeliner, y los pañuelos atados sobre el pelo. Parecía la pista de baile en boga de cualquier ciudad norteamericana, retrocedidos a los ardientes años 50. Y es que la estética pin-up vuelve a estar de moda.

Sin demasiada prisa por subirse al escenario, apareció la familia Durham al completo. Cogieron sus instrumentos –sorprendentemente destartalados y sudorosos– para dar rienda suelta a lo que mejor saben hacer: recorrer con descaro cada uno de los subgéneros polvorientos del legado dejado por el rock norteamericano. No han adquirido malos hábitos desde aquella otra ocasión en la que Kitty y compañía tocaran en la misma sala, donde la pasada noche del sábado harían su segundo concierto; los instrumentos han sido y siguen siendo colectivos y totalmente transferibles, sin dueño alguno.

Han pasado un par de años desde su fantástico disco homónimo, y aún sigue resultando curioso ver a estos jovencísimos hermanos (apenas superan los 20 años) interpretar temas tan alejados temporalmente de su actualidad musical. No son americanos, aunque su sonido se emparente directamente con clásicos de la talla de Johny Cash o Elvis Presley.

A Lewis se le ve cómodo sobre el escenario. Es el mayor de los tres y parece además asumir tal situación. Casi de forma natural ha ido adquiriendo el liderazgo de la banda, dentro de la que se encuentra también su padre, Graeme Durham, y su madre, Ingrid Weiss, al bajo y contrabajo; ambos curtidos músicos crecidos dentro de la escena post-punk británica de los ochenta.

Desde las primeras canciones dejaron claro que aquello era más una presentación de su nuevo disco que un repaso de su corta pero exitosa trayectoria. Aquel disco que sorprendió hace unos meses con un inesperado giro hacia sonidos más distantes con respecto a su debut, como el ska o el soul, ampliando el catálogo de admirados discos con los que estos superdotados hermanos han crecido, y que no han dudado en incluir en su recientemente editado LP.

Se echó en falta una mejor ecualización del sonido: las voces tuvieron escasa presencia, engullidas por momentos por las guitarras, en especial la de Lewis, que gozó de protagonismo durante todo el espectáculo. Una lástima, pues las voces de los Durham suenan deliciosas en Smoking in heaven.

Hacia la mitad del directo apareció en escena Eddie «Tam Tam» Thornton, añejo trompetista jamaicano, encargado de dar brillo a los temas más caribeños del repertorio, entre los que sonó “I´m so sorry”, primer single carne de videoclip de entre los incluidos en su último LP.

Lo mejor de la noche llegó al final: Graem e Ingrid se retiraron para dejar a sus pupilos desmelenarse sobre las tablas, en lo que fue una virtuosa interpretación, tocando improvisados solos carentes de todo tipo de guion, entre los que los Durham parecieron sentirse más cómodos, con éstos intercambiando instrumentos y protagonismo, en posición de robusto trío de frontmen, alargando los solos hasta donde daba la imaginación.

Tras esta muestra de excelencia, con la banda al completo, los londinenses regalaron a los asistentes dos temas de su primer disco: “I got my mojo working” y “Mean son of a gun” (junto a “Going up the country”, las más tarareadas de la noche), con las que concluyeron la actuación en un desenfrenado final.

Lo de Kitty, Dasy y Lewis es de mención. Sin ocultar sus numerosas influencias en ningún momento, se mueven entre sonidos desfasados en el tiempo, evitando adaptarse a un revival estandarizado, llenando de matices cada una de sus apasionantes composiciones. Su estilo es auténtico, único en muchos sentidos, y lo mejor de todo es que esto no es más que el principio de una formidable trayectoria. Aún queda mucho por ver (y oír).

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