Julio de la Rosa en 43 Live the Roof: otoño en junio

Servidor llega esperando una cierta impuntualidad, como suele pasar en este tipo de eventos con el fin de dar con un aforo decente para empezar. No fue el caso. Llegué tarde al estreno de Live The Roof en la nueva azotea de El Corte Inglés. Un Julio de la Rosa bien arropado ya deleitaba a los asistentes con sus historias.

Decir primero que el cambio de localización merece su análisis. La hora que se pacta para dar comienzo a los conciertos en esa posición geográfica es probablemente un problema para el público. La fachada acristalada de la gran superficie rebota de manera imperdonable el sol a los asistentes, salvando de su efecto únicamente al artista y su zona. Visto así no está mal, pero que el asistente recuerde llevar sus gafas de sol, o morirá en la ceguera más profunda tratando de otear al artista. Dicho esto, el espacio es más generoso con el espectador en cuanto a espacio, y tal vez un poco más acogedor.

Llegué con “El Traje”, interpretada de forma sepultural, seguido de “Las Camareras”, ´dándole un tono más lúgubre si cabe que el anterior corte. Se atrevió también a rescatar “Caprichosa” de cuando El Hombre Burbuja. En esas primeras canciones analizaba yo la incoherencia que se estaba gestando: Con el sol, el licor en las manos de los asistentes y la frialdad que trataba de sostener Julio. Luego vi que su propuesta se midió de forma muy astuta, oscilando entre el calor y el frío, el ritmo y la tranquilidad. Supo, en unas condiciones en su contra, meterse en el bolsillo al público, que se veía entregado, pero tímido.

“Tan amigos” y “Gigante” rompieron para meterse en esa otra onda de la que os hablaba, equilibrando esta vez hacia un la luz (si es que existe en la temática a tratar), para volver a “Hasta que te hartes”, no sin antes volver a marcar el tempo frío con una intro que inundó el espacio con sus loops y una estrategia ambiental que solo este tipo puede marcarse con una sola guitarra. Aquí, pedía a gritos (aunque en silencio) más espacio por donde poder recorrer esgrimiendo instrumento, y eso que tenía escenario de sobra. “Vamos a inventarnos algo que te haga delirar”, nos guiñaba. Nos llamaba la atención una y otra vez (a estas alturas ya había bajado acústica en mano una vez para cantar entre el público).

Llega el que fue para mí el climax con un corazón lleno de escombros, al que el público apoyó con coros suaves que Julio respondió con un “qué bonito”. Acabó el tema sacando de la chistera una amalgama de instrumentos que parecían prestados de Tim Burton. Momento instrumental final loopero con todos esos cachivaches que nos dejó a todos helados, por proeza.

Cuando ya parecía que iba a acabar, continuó con un “Braile” potente, remató con “Maldiciones Comunes” y acabó con (otra vez) acústica en mano con el público coreando “Entresemana”.

El resumen de la velada es que Julio de la Rosa trató con esfuerzo (y triunfó) adelantar el otoño a una azotea en la que el verano aún pegaba por llegar y asentarse. Yo sentí frío.

Crónica: Joecar Hanna
Fotos: Estefanía Mora

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