Josh T. Pearson_”Last Of The Country Gentlemen”

La biografía de este barbudo atormentado resulta de lo más intrigante. Cuanto menos curiosa. Tras la vida fugaz de su aclamada banda Lift to experience, disuelta en 2001, Josh desapareció literalmente de la escena pública. El músico nacido en Texas había emigrado hacia Berlín, ciudad con la que comparte ese oscuro romanticismo, esa búsqueda existencial que plasmaría en cada una de sus canciones. Diez años en un silencio casi mudo del que sólo nacería algún que otro EP, y en los que haría escasas apariciones en conciertos puntuales.

Su regreso a los estudios de grabación -en formato largo- no respondería a otra cuestión más que a la simple y egoísta necesidad de expresar el desazón ante su reciente separación. Last Of The Country Gentlemen (2011) es una imagen hiperrealista y desconsolada de aquella ruptura amorosa que prácticamente cualquiera ha sufrido. Un disco mucho más lírico que puramente musical en el que los instrumentos ejercen de telón sobre el que el músico deposita sus lamentaciones.

Compuesto por siete canciones -entorno a los diez minutos de duración casi todas ellas- que funcionan como un bucle infinito de estructura repetitiva a conciencia, en las que la intensidad sube y baja fluctuantemente. Logra con ello devolver al que lo escucha el daño recibido a base de ser tremendamente retorcido con su mensaje -denso y angustioso- y en ocasiones intransitable.

Josh se dirige exasperadamente a su antigua compañera sentimental, desolado ante lo ocurrido. Ya desde la primera canción comienza implorando “Don’t cry for me babe, you’ll learn to live without me. Don’t cry for me babe, I’ll learn to live without you”, aunando en pocas palabras el sentir popular del momento que atraviesa. Busca motivos para explicar el por qué del final de ese amor: “Woman you need born again, again. You need a Saviour and i just am not him” lamenta en “Sweetheart I Ain’t Your Christ”.

Apenas se vale de su guitarra acústica para acompañar a su áspera voz. Se oye ocasionalmente en algunos cortes -sabiamente escogidos- un chelo solitario y punzante que vierte lágrimas sobre las palabras del artista, como ocurre en “Honeymoon’s Great!” o un violín que comparte espacio con la guitarra de “Country Dumb”.

Last Of The Country Gentlemen es un testimonio catártico, un brillo estremecedor. Es un disco doloroso, corrosivo, angustioso, en el que lo hiriente de sus palabras resulta ser el más bello destello de la expresión más sincera y humana.

 

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