Josele Santiago: El divino calvo

Josele Santiago se ha convertido en el divino calvo. Impecable en la ejecución y en el sentir, sonando como grande que es, y humano ante el desliz ocasional, y no solo por el obligado rape que ahora luce. Capaz de lo mejor, también del error. Se le puede achacar que ahora haya vuelto a revestirse de la piel más rockera, la de Los Enemigos, ante la revuelta en la que se haya inmerso. Y es de entender cualquier puntual olvido.

Notamos un cierto cambio en la expresión o tal vez la vuelta a las esencias con respecto a la última vez que le reseñamos un concierto, en la presentación de Loco encontrao. En definitiva el de siempre. Josele Santiago hizo demostración de lo bien que anda por ese camino que se ha construído de erudito gentlemen castizo del rock. Una vez más, en una sala Wah Wah repleta de fieles y algunos que otros primerizos que se desgañitaron en unas primeras filas entre las que el pater Josele tuvo que poner orden. Esos churumbeles son el resultado de que todo tiene sentido.

Desde la perspectiva acida ante la realidad, ese humor negro con el que mira una vida ante la que sonríe, la curva de la felicidad se desprende sin tapujos a través de versos cargados de un background cada vez mayor.

Suma y sigue. A la cumbre de arranque de La Golondrinas etcétera, le han seguido colecciones de canciones repletas de buen gusto. La última, Lecciones de Vértigo. Rock clásico, ese que obliga a agitar antes que nada las caderas, intenso y agarrado a la garganta peculiar y única de Josele Santiago, siempre tan bien acompañado —Los Sietesuelas–, pero con su guitarra por delante. Estamos en plena revuelta.

Hora y tres cuartos en los que han encajado de maravilla ‘Fractales’, ‘Sol de invierno’, ‘El Lobo’, ‘Canción de próstata’, ‘Han ganado nosotros’ o ‘Hagan juego’ entre las ya bien aposentadas ‘Baila al viento’, ‘Vuelo de Volar’ o el ‘Baile de los peces’, entre otras, y que construyen un directo impecable y que hace muy largo el camino emprendido, y en el que bazas (o himnos) como ‘Tragón’, ‘Mi prima y sus pinceles’ y ‘Olé Papa‘ son y serán pilares fundamentales. Y ahí el traspiés, el olvido que diviniza a un señor normal en el cénit de otro gran concierto al olvidar la segunda estrofa de la canción dedicada al padre cuando tocaba desarmar el tejado. Como aquel Gallo llamado Rafael, Josele Santiago, divino calvo. El empujón del público y la total entrega: olé y olé, que es tiempo de revuelta.

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