Havalina – Islas de Cemento

Tenemos ante nosotros a uno de los mejores discos del año hasta el momento. Todo un homenaje al culto por la instrumentación y experimentación de sonidos, y a ese rock más cuidado en cuanto a detalles se refiere, perfecto para oídos “gourmet”.

Para los que no conozcáis a Havalina, se trata de un grupo con un bagaje discográfico envidiable que cuenta con un gran respeto en la escena musical madrileña. Tienen un total de cinco álbumes publicados hasta el momento, aunque Manuel Cabezalí, alma mater del grupo, ya lideraba la formación llamada Havalina Blu con una personalidad similar aunque con letras en inglés, y con los que grabaría otros tres trabajos previos.

Con este quinto redondo los madrileños han consolidado un estilo muy personal, esta vez con ciertas influencias del postpunk gótico de bandas como The Cure,  y donde es más que palpable su adoración por el sonido desarrollado por Smashing Pumpkins, y por bandas de estilo post rock.

De buenas a primeras “Islas de Cemento” resulta un disco concebido para oídos exigentes, donde necesitas varias escuchas que permitan apreciar lo que se esconde  a lo largo de esa sucesión de capas de instrumentación.

Se trata de un álbum conceptual que adapta de forma muy inteligente los poemas que J.J. Cabezalí (hermano del Manuel Cabezalí) escribe en el libro Manual de conductores borrachos.  Once canciones que nos conducen por once estados de ánimo, pasando de la fragilidad y soledad a la rabia desbordada, de la desolación y melancolía a la esperanza.  El disco comienza con la inquietante “Cristales rotos sobre el asfalto mojado”, en la que unos breves versos introducen perfectamente en la trama del disco, pasando de la desolación al frenesí en cuestión de segundos y presagiando la sucesión de sensaciones que vamos a experimentar en sus canciones.

“Islas de Cemento”, “Un reloj de pulsera con la esfera rota”, y “La voz de él”, no podrían entenderse escuchándolas por separado, como pasa con el álbum al completo. “Ya va siendo hora”, hace un alto el camino y permite al disco dejar esa intensidad delirante del comienzo en detrimento de melancolía. La misma que tiene “El Olmo Centenario”, la canción más inspirada y luminosa del disco. Luminosidad que se convierte en rabia en los temas “Luces”, “Donde” y “Cementerio de coches”.

Finalmente la última canción del disco, “Ulmo”, vuelve a mostrar esperanza y belleza por igual poniendo la guinda a un disco redondo que tiene como virtud la facilidad de transportarnos por estados de ánimo y pasajes. También destaca por contar con una producción brillante de la que se ha encargado el propio Cabezalí. Si bien es cierto que la voz del cantante madrileño no es virtuosa, sabe suplirlo transmitiendo emotividad y poniendo su voz al servicio de las canciones, con unas letras muy cuidadas escritas en castellano, algo que siempre se agradece si se sabe hacer con buen gusto.

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