El nombre de la bestia es Teletexto

Por si aún no ha quedado claro cada Split Week que hace Magazine Club equivale a fiesta y conciertazos. El miércoles pasado, como calentamiento para el puente, tocaron Teletexto, una de esas maravillosas rarezas que tenemos en nuestras tierras.

La banda está compuesta por un dúo de personajes similarmente opuestos y de aspecto icónico. Guitarra y batería se bastan y sobran para producir música de esa que a mí me gusta llamar digerida. Cuando uno le hinca el oído a Teletexto se sorprende de la increíble variedad de influencias que tiene. Es como un cocktail con todos los licores que hay en una fiesta. Son de la generación de los post-, como casi todo el mundo hoy en día, y aun así cualquier etiqueta no les haría justicia.

Su sonido es bestial. Desprenden energía por los poros. La batería te golpea y remueve las tripas mientras la guitarra baila, sube, baja, agudo, grave, golpea y rasga. Nervio puro condensado en canciones con cánticos rabiosos que sacan a cualquiera a menear el culo. Esa maravillosa mezcla entre lo melódico y lo hardcore, de clímax y anticlímax, construyen un relato que recuerda a aquellos sonidos de los 90 entre el noise, el grunge y el hardcore. La Norteamérica del polvo y la tecnología algo tendrá que ver con la Xirivella de los 2000.

El miércoles Teletexto jugaba en casa, con sus amigos y sus enemigos, y eso se nota. Para empezar se desplazaron del escenario habitual de Magazine. Tocaron en el suelo a la altura del público. Cuerpo con cuerpo, sudor con sudor. Donde el sonido te pega de lleno. Y allí, todos apretados, vimos al grupo que todo joven, y no tan joven, no le importaría ser. Porque la magia de Teletexto no es que sean buenos músicos y majos. Teletexto gusta a la gente porque tiene un sonido generacional. Lo que se cuenta en la música del grupo es de donde viene, donde se encuentra y donde podría llegar toda una generación. Esa generación es la que se encontraba en Magazine viéndolos. Apretados y sudados. De los veinte a los treinta y tantos. Disfrutando de un sonido que no nos define pero puede que nos represente.

Foto de Pablo Fernández Serrano. 

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