David Bowie – «Blackstar»

De David Bowie lo justo sería decir que nunca se fue, aunque nos lo hicieron creer. Su reciente relación de amor-odio con el apasionante al tiempo que lacerante mundo musical apuntaba a que no volveríamos a ver nuevas creaciones del genio de Brixton, teoría que quedó parcialmente desmentida con la publicación de “The Next Day” en 2013 y que, después de dos años con la mosca rondándonos en la oreja, terminó por resquebrajarse con el anuncio de su regreso.

Así pues, el que puede ser considerado como uno de los grandes personajes culturales del siglo XX sacó a la luz su nueva creación el día en el que cumplió nada menos que 69 años. Antes de que llegase a nuestras manos el álbum al completo, constituido por siete largas canciones, ya habían sido publicados dos adelantos que anticipaban el “Blackstar” como uno de esos trabajos experimentales de Bowie que, a la larga, acaban marcando la tendencia. Tanto en el tema que da nombre al disco como en “Lazarus”, nos topamos con una imagen nocturna, melancólica e incluso perturbadora del artista. De la locura sensorial, los retazos de extraña electrónica y la voz despistada, pasamos a la sencillez rítmica, la melodía o el jazz.

El jazz se manifiesta como en ese perenne homenaje al género en la carrera de Bowie. El saxofón fue su primer instrumento y su hermanastro Terry Burns fue quien le introdujo en los mundos de la improvisación, la polirritmia y la síncopa. Terry padeció esquizofrenia durante su vida y terminó suicidándose en 1985. El saxofonista de jazz moderno Donny McCaslin, una de las incorporaciones a la plantilla de Bowie, desempeña un papel fundamental a lo largo del álbum.

’Tis a Pity She Was A Whore” es explícita como ella sola, es ruidosa, anárquica y también melódica. La batería suena contundente y, en fin, hay que rendirse a la voz de Bowie. En “Sue (Or In A Season of Crime)” la batuta la lleva un frenético riff casi de una escena de persecución en un videojuego. Es la canción más noventera del disco. “Girl Loves Me” supone la versión más tranquila del álbum, aunque se muestra misteriosa y experimental, con la inclusión en la parte lírica de expresiones del lenguaje nadsat, inventado por Anthony Burgess en la novela “La naranja mecánica”. El piano, las guitarras acústicas y el saxofón, que termina dejando un extraordinario solo jazzístico, se combinan para crear probablemente la pieza más armoniosa del LP, “Dollar Days”, que brilla antes de dar paso a “I Can’t Give Everything Away”, donde el estribillo aparece como un mantra en una pieza algo más convencional, como si de los créditos de una película se tratase, eso sí, acompañados de un solo de guitarra a manos de Ben Monder –el único del álbum-.

El isleño camaleón sigue en plena forma, camuflándose entre las tendencias, como siempre hizo, y respondiendo a sus años 70, que marcaron uno de los fenómenos claves para entender la innovación posterior. Seamos héroes por un día, durante mucho tiempo.

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