Damien Jurado: Cuerda, caja, yema y voz

El concierto, recital, colección de caricias o ejercicio de desnudarse así mismo que ofreció Damien Jurado, excede a lo normal, a lo corriente. Tocaba Damien Jurado, es un decir. El escenario del auditorio de La Rambleta se antojaba inmenso, y el horizonte lejano y ahí en medio de la nada Damien Jurado dispuesto al reto de desnudar su obra, alcanzar su intimidad absoluta, partiendo de la más reciente, la que ha motivado esta gira, que tiene como gran excusa el brutal, conmovedor y conceptual Brothers and Sisters of the Eternal Son, que viene siguiendo la estela del no menos considerado Maraqopa.

Sin más armas que la acústica, sus yemas, uñas, y su voz. Despojó sus canciones, las acarició y las fue vertiendo ante un auditorio en la penumbra y totalmente respetuoso, intimidado, incapaz incluso de jalear el mínimo alarde vocal.

El bruto de Seattle, o de eso tiene pinta, está en estado de gracia y no se conforma con poco. Su último álbum viene envuelto en una tenue orquestación, que por momentos se permite la licencia de tornarse tropical incluso, pero sobre todo intenso, profundo. Y en esta gira lo desposee de lo que parece toda su razón de ser, y lo muestra en esencia. Cuerda, caja, yema: lo básico. Y la voz modulable, eje melódico fundamental y conmovedor con una abaníco de registros que partían desde el simple susurro.

Entre títulos como «Jericho Road», «Silver Malcom», «Returns to Marqocpa», Jurado apenas dio pie al aplauso, como si le molestasen a la intimidad que ha conseguido alcanzar en el escenario –guitarra, él y una Fanta Naranja para refrescar–, buscó encadenar las piezas de forma solemne.

Una fila delante, alguien hacía lo propio e inevitable que se hace hoy en un concierto: compartir una foto en Instagram y de ahí al resto de redes, con un par. En el pie de foto escribió: «Damien Jurado tocando… la fibra«. Se quedó corto.

Por delante actuó Courtney Marie Andrews. Mismo formato –acústica y voz– pero normalmente terrenal.

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