Bunbury en Valencia: La fierecilla domada

La noche del pasado jueves, septiembre entró en tromba en Valencia con la parada de Enrique Bunbury en su Mutaciones Tour 2016, un repaso de dos horas a los grandes éxitos de sus treinta años de carrera, acompañado de Los santos inocentes, su banda desde 2008.

Bunbury es un ser camaleónico y un culo de mal asiento. Empiezo encadenando ambos tópicos para quitárnoslos de encima, aunque el formato del concierto nos hará volver a ellos más adelante. En sus treinta años de carrera, el ex-líder de Héroes del Silencio nunca ha tenido problemas a la hora de dar carpetazo a cada etapa cada vez que ha detectado síntomas de agotamiento. Tras cada quiebro, su sonido ha cambiado y evolucionado de maneras diversas. Bien en forma de delirio electrónico con su debut en solitario, o bien en forma de rock fronterizo a partir de Hellville de Luxe, disco con el que presentó a su actual banda, Los santos inocentes, con los que lanzó el año pasado un MTV Unplugged ciertamente tramposo, pues de “unplugged” apenas tiene el nombre.

En ‘MTV Unplugged: El libro de las mutaciones‘, el zaragozano, habitualmente poco dado a las concesiones al pasado, repasa principalmente su última etapa junto a algunas revisiones de clásicos del repertorio de Héroes del Silencio. Cabe destacar que las mutaciones son reales, especialmente en estas revisiones, que dan un nuevo aire a composiciones con más de veinte años. Desde marzo de este año, el artista se embarcó en una gira a ambos lados del atlántico denominada ‘Mutaciones Tour 2016’, un título inmejorable que denota la cualidad de la que hablé antes: la predisposición de Bunbury a, al igual que sus nada disimulados referentes, cambiar todo lo que haga falta con tal de encontrar la comodidad en sus propios términos.

Ya desde varias horas antes de la apertura de puertas, incontables seguidores valencianos, que llevaban sin ver a su ídolo desde 2014, se agolpaban frente a las puertas de la plaza de toros, recinto que el maño aún no había pisado en sus distintas visitas a nuestra ciudad. Si algo se veía en las inmediaciones del coso, además de algún despistado que buscaba con desesperación su ticket en taquilla, eran fans de línea dura, con sus camisetas negras de otras giras o, por supuesto, de los añorados Héroes, con sus cinturones de tachuelas, sus botas o sus pañuelos. El ser humano es gregario por naturaleza, cosa que también se veía en la cantidad de niños que acompañaban a sus padres en el fanatismo por Bunbury.

Una vez en la arena, el público era recibido por un escenario sorprendentemente sobrio, con un juego de colores negro y rojo que, junto a la música que sonaba por megafonía, ya hacía intuir que los tiros iban a ir hacia el rock. Un uso ciertamente agradecido al que esta plaza no está acostumbrada.

A las 22.00h, con puntualidad británica, aparecían sobre las tablas Los santos inocentes; a saber, Álvaro Suite y Jordi Mena a las guitarras, Robert Castellanos al bajo, Jorge Rebenaque a los teclados y acordeón, Quino Béjar a la percusión, y Ramón Gacías a la batería, posición que ya ocupaba en la anterior formación de compañía de Bunbury, El huracán ambulante.

Tras una introducción de puro sabor tex-mex, y con la chulería aragonesa que le caracteriza, el héroe interpretó una sorprendente versión de ‘Iberia sumergida‘ con la que se metió al público en el bolsillo (aunque estaba claro que muchos venían entregados de casa), antes de atacar al clásico ‘El club de los imposibles‘. A partir de aquí, tras un apagón rápidamente solucionado, quedaba claro cómo funcionaría el concierto. Se sucedieron las revisiones en claves más tranquilas (que no unplugged) de la colección de canciones que Bunbury atesora tras estos treinta años de rock. En algunos casos (‘Sirena varada’, por ejemplo) funcionaban como un tiro. En otros casos, las mutaciones eran poco menos que desastrosas. ‘Avalancha‘, despojada de su épica y de su vocación de himno de estadio, sonó innecesariamente blanda, y ‘El camino del exceso‘ sonó a un patchwork de guitarras hipertrofiadas, de lo cual debe culparse también a un trabajo extraño, aunque no necesariamente malo, de mezclas de sonido.

No era la mezcla lo único extraño de la parada de Bunbury en Valencia. El setlist, desestructurado y anárquico, ponía aquí y allá sin orden ni concierto las distintas épocas por las que ha pasado el artista, lo cual hacía que la emoción conseguida en canciones como ‘Alicia (expulsada al país de las maravillas)‘, ‘Infinito‘ o ‘El extranjero‘ (maravilloso trabajo de acordeón de Jorge Rebenaque), quedara deslucida por la repentina calma con poca chicha de ‘Despierta‘ o el remake casi pop de ‘Mar adentro‘.

Aunque ‘Maldito duende’ y ‘Lady Blue’ elevaron la cota de epicidad que se le exigía al músico zaragozano, contando con un público absolutamente entregado, tras el clásico amago de despedida, aprovechado para hacer un leve cambio de vestuario, el primer bis se compuso de ‘Más alto que nosotros solo el cielo’ -una elección bastante rara aunque bien llevada para un bis-, una soberbia versión de ‘Sí’ y una ‘La chispa adecuada’ totalmente descafeinada que hizo bostezar a parte del auditorio. Un segundo amago nos llevó al segundo bis, que fue, sin paliativos, malo. Dos canciones de ‘Las consecuencias’, uno de los discos más flojos de Bunbury, precedieron a la despedida definitiva con ‘Y al final…‘, muy bien resuelta a pesar del sabor agridulce que había quedado tras ‘Los habitantes’ y ‘De todo el mundo’.

Tras el último verso, Bunbury presentó por segunda vez a la banda y a sí mismo, esbozando al final un “hasta siempre” apresurado al cabo del cual se giró y corrió hacia los camerinos, dejando que la banda, que durante todo el concierto hizo gala de una compenetración y una profesionalidad envidiables, que despidieran las dos horas justas que extasiaron a los fanáticos más complacientes (todo el mundo lo es cuando se trata de un favorito, al fin y al cabo).

En definitiva, dos horas de concierto que pasaron volando entre la emoción y la mansedumbre, deslucidas por la hipertrofia del sonido y la anarquía imperante en el setlist, pero salvadas por la profesionalidad de la banda y de un Bunbury competente aunque con signos de cansancio, no sabría decir si por los últimos treinta conciertos o por los últimos treinta años.

Fotos: F. Calabuig

Crónica: Julio Fontán Jr.

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