Bon Iver – “22, A Million”

El problema de este disco, si es que lo hubiere, es que revela que Bon Iver ha cambiado. Ha dejado de ser guitarra acústica y falsete,  post-rock, folk, frío, carretera y mantra (en ese orden). Con 22, A Million, Justin Bernon ha creado lo que algún erudito de la música definiría como la evolución de Bon Iver, otros quizá lo llamarían rayada mental. Aunque, a estas alturas, qué más da. Lo que importa es que Justin ha vuelto a crear emociones y las ha metido dentro de un disco. Ha vuelto a ser Bon Iver pero desde un prisma distinto. Ha vuelto.

El disco arranca con 22 (OVER S∞∞N). Comienza con una voz distorsionada que advierte “It might be over soon” (“Puede que termine pronto”). Parece que quiere decirle algo al mundo, aunque a ver quién es el listo que entiende a Bernon. Los instrumentos se asoman con timidez. De repente una trompeta, luego unos violines, de sintetizadores también va bien servida. Pero lo que prevalece, lo que deja a lo anterior en un segundo plano, es la voz de Justin, para variar.

Con 10 d E A T h b R E a s T ⚄ ⚄ el sonido se vuelve rocoso, duro, fuerte. Prácticamente todo es distorsión, descontrol. No hay orden en las melodías aunque, curiosamente, cuando éstas emergen siguen el ritmo creado. Es en este punto donde parece que el hilo argumental es el caos. Las atmósferas se saturan, los sonidos se retuercen, las voces suben y bajan en cuestión de segundos.

En 715 – CRΣΣKS Bernon coge su voz y la pone del revés. Suena robotizada y extraña. No hay instrumentos, sólo está él. Quien haya escuchado sus discos anteriores puede que la relacione con alguno de los temas de antes. Porque Bon Iver sigue ahí, escondido entre capas, mezclado entre sintetizadores y Auto-Tune.

33 “GOD” trae luz entre tanta incoherencia. Aquí hay Bon Iver del de antes, del que escuece, pero al traer sonidos renovados crea una nueva versión del mismo. ‘666 ʇ’ me resulta la guinda de lo que está pasando. Vernon emociona mientras nutre al ritmo de sonidos electrónicos. Hay calma pero también fuerza. No sé lo que estoy diciendo, supongo que ese es el efecto que tiene todo esto.

¿La conclusión? Que venía a escuchar una cosa y al final he terminado escuchando otra. Este trabajo no me ha entrado a la primera (ni a la segunda) pero supongo que es de gusto adquirido. Creo que Bernon tenía fácil el continuar con lo que se supone que sus oyentes le pedíamos pero ha hecho lo que sentía y esa es su firma. Algo tiene Justin Bernon en la cabeza que le hace ser Bon Iver. Y en la garganta. Y en el corazón.

Carmen Sánchez Adán

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