AspeSuena 2013, un festival de patio de colegio

AspeSuena es un festival de patio de colegio. Literalmente. El único escenario se monta contra una de las paredes laterales del edificio, y el público ocupa el campo de balonmano, mientras que la barra queda situada al fondo, junto a la valla que pone límite al patio de recreo. Las aulas, evaporado ya el olor a niño, son los improvisados camerinos, únicos con tubos fluorescentes, pupitres y pizarra. Sin pulsera, gratuito, y con un cartel que, ya lo anticipo, no defraudó.

+ VIERNES, 2 de AGOSTO
León Benavente, ciudades separadas por 75 kilómetros de carretera, según parece un páramo, ha sido la base para nombrar a uno de los grupos que tienen la culpa de que haya desplazado mi ser a Aspe durante un fin de semana de agosto.

Aunque el grupo sonó perfecto desde el principio, lo que se percibió en alguna sonrisa cómplice de Edu Baos nada más comenzar, Abraham Boba necesitó un par de canciones para entonarse, tomar su papel protagonista y mostrar al poco público presente a las 00.00 horas que estábamos en lo cierto.

Es más que posible que estos León Benavente hagan olvidar, en un tiempo, aquello por lo que hoy conocemos a sus cuatro componentes, de largo y brillante trayectoria con Tachenko o Nacho Vegas, por nombrar los más conocidos.

Canciones directas, pero también intensas, urgentes, hirientes y con un fondo social que se echaba de menos. Llevan poquísimo tiempo juntos y prácticamente ya lo tienen. El concepto, el sonido, la trasmisión. Sencillamente, disfrutamos. Quizás aún no se entienda, pero ya se entenderá: E-S-M-U-Y-F-U-E-R-T-E, lo de León Benavente. Tiempo al tiempo.

Llegada ya la hora del baile en las fiestas de Aspe, el paisanaje de un pueblo muy tranquilo se dividía entre este escenario, el del colegio, fuertemente protegido por policías de todo tipo, seguridad y Cruz Roja, y otro dedicado al chumba-chumba, de gran éxito entre los más jóvenes y “jóvenas” de Aspe y que se localizaba bastante alejado, cerca del Hostal Ya, que alojó nuestros cuerpos y el de algunos artistas que allí pernoctaron en una noche alumbrada con motivos de moros y cristianos en algunas de sus calles de procesión y pasacalle. Calle de la Virgen de las Nieves. Calle de la Santa Faz.

*Nota: el término “jóvenas” fue escuchado por casualidad durante el recorrido Hostal-Conciertos a un varón de unos cuarenta años que andaba por la calle.

Grises, los siguientes en cambiar y poner a punto su propio instrumental, como hicieron el resto de grupos, aludieron a lo poquito que se bailaba en Aspe, a pesar de ser las fiestas, ya hacia el final de su show. Porque en Cestona (Zestoa), de donde son ellos, como en todo el país vasco, se debe bailar mogollón. Delorean son de Zarautz, We Are Standardson de Getxo. Algo habrá en los chuletones que alimentan a estos chic@s (Grises es un “grupo con chica”) para que sean tan animados.

Son cinco, y no paran en todo el concierto.
Como cantan en castellano, a veces, quizás nosotros mismos, influenciados por las corrientes y las modas, veamos en ellos alguna estela de otros grupos extranjeros, y quizás también la comparación a la que los podamos someter sea injusta, porque nuestro idioma no es fácil para engancharlo a los ritmos de Grises.

Claramente orientados al baile, consiguen lo que se proponen. Un derroche de energía y gracia que hubiera atrapado a algunos de los que mayoritariamente optaban por el reguetón en la discomóvil del otro lado del pueblo. Pero Grises luchaban por los que habíamos allí y lo hicieron con sus armas, canciones llenas de ritmo que ejecutan perfectamente, ojo, mientras bailan con frenesí. El cantante, y también guitarrista, toca este instrumento con un swing admirable.

+ SÁBADO, 3 de AGOSTO
Esa noche abría el minifest La Bien Querida, y había que estar de los primeros para ver su show. Digo ver. Además de oír, el espectáculo que han montado desde su transformación de Ceremonia hay que verlo. Trataba de explicar esto antes de comenzar a unos chavales que, junto a nosotros, a las 23.00 horas, eran los primeros en acceder al colegio.

Esperamos sentados en un banco a que fuera llegando el personal al AspeSuena, que esa noche sí tenía más público foráneo desplazado para la ocasión que se mezclaba con los locales, algunos muy perfumados, que salían de a celebrar sus fiestas. Incluso se vio algún niño y algún carrito de bebé, como ocurre en cualquier verbena.

Hacia las 23.45 horas comienza el espectáculo. El trabajo visual que han añadido a su puesta en escena, incluyendo imagen en todas las canciones, marca una diferencia y eleva la propuesta artística de La Bien Querida (foto principal), a la vez que mantiene la desarmante sencillez en sus textos y en sus melodías.

Esta difícil metamorfosis que ha conseguido llevar a cabo la formación, ahora tres en escena, que ha pasado también de la falda larga con volantes suaves a la minifalda de lentejuelas o el short con medias oscuras, camisa blanca por fuera y corbatita negra, para finalmente seguir siendo ella misma, tiene mérito.

Y riesgo, porque puede parecer fría. Sus proyecciones, que tienen un toque futurista, ultraterreno, cuyas animaciones están pensadas para ser vistas durante la ejecución de las canciones, forman parte del espectáculo. Y como son buenas, atraen, y distraen de la ejecución musical, y pueden también escamotear el mensaje de la canción y perderse el encanto de sus letras.

Al principio, durante unas cuantas canciones no sonó bien. Nos desplazamos de las primeras filas hacia atrás para ver si era el sitio, pero no. La parte pregrabada y los ritmos electrónicos predominaban sobre los tres músicos, la voz, muy poco presente, apenas dejaba intuir el texto de la canción. Desde más lejos, la pantalla de proyección quizás quedaba algo pequeña. El técnico de sonido tenía la llave.

En la segunda parte del show el sonido mejoró notablemente y las canciones anteriores, desvestidas del folk y redigitalizadas, junto con los nuevos hits, nacidos electrónicos, dejaron un final más feliz. Un sueño sería que La Bien Querida dispusiera de medios para proyectar en pantalla supergrande y que les beneficie un horario de madrugada, ya con el público caliente.

Tras el cambio de instrumentos, momento que se aprovecha para sentarse a descansar al borde del campo de balonmano, aparece Bigott en versión trío de rock. Guitarra eléctrica, tocada por él, bajo y batería.

No le va mal esta formación a su repertorio porque mantiene el punto psicodélico, puede ganar en intensidad según los momentos, y como no tiene ninguna canción mala y en general son cortitas, su actuación pasa en un suspiro.

Su apariencia, algo desgarbada, con melena y largas barbas, camiseta y vaqueros, lo podría localizar en un grupo de los 70. Su dicción para el inglés, notoriamente afectada de un acento definitivamente Bigott, y sus aciertos melódicos consiguen prender con el público en cualquier circunstancia.

Esta versión trío, “más guarreta” según el propio Borja Laudo, con el que coincidimos en hostal, este “ménage à trois”, no es una experiencia calculada sino algo forzada por las circunstancias. “Cuando no se puede, no se puede”, nos dijo. Mi recomendación es que no se lo pierdan si pueden. Ah, y un detalle para las groupies, al batería se lo rifan.

El punto final lo ponía La Habitación Roja (LHR). ¿Qué como estuvieron? Pues estuvieron como ellos están, soberbios. Nada voy a descubrir ahora nada. Su ejecución es tan buena, su sonido es de tal calibre y su repertorio tan contrastado que podrían tocar en cualquier sitio del mundo, decir que son de Valencia y dejarnos en muy buen lugar.

Sonaron tan potentes como últimamente vienen haciendo y estuvieron entregados. Han mejorado también en los coros y han arreglado algunas canciones algo más libremente, más alejados del corsé LHR, que era el único pero que se les podía poner.

Es una lástima que en esta última era que estamos viviendo ya no parezca cool grabar discos en directo porque LHR están para hacer uno ahora. Creo que es el momento de hablar de ello.

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