Antònia Font: Jamás sobraron las palabras

Por fin Valencia recibía la visita de los mallorquines, tras su aclamado último disco,Lamparetes (Robot Innocent, 2011), gira que por momentos parecía no ir a hacer escala en la ciudad valenciana, siempre fiel seguidora de cada uno de los episodios que componen la biografía de la banda.
Los últimos párrafos de ésta, incluidos en el disco recientemente editado que lleva por portada el antiguo edificio de Gesa (actual Endesa) ubicado en Palma de Mallorca, viene a ser un muestrario sobre el infinito poder de las palabras, a través de la capacidad evocadora de versos inconexos -y otras cuantas canciones más narrativas- que llevan como única guía la automatización del lenguaje en su composición, que Joan Miquel Oliver dirige en esta ocasión varios escalones más allá de la habitual fórmula de su banda primogénita, sin llegar al nivel de espontaneidad alcanzado en sus trabajos editados en solitario. Sobre una estela que remite a cierto dadaísmo lírico, fascinado por el surrealismo en todas sus vertientes.
El llenazo vivido la pasada noche del jueves en la sala Mirror, colgado el cartel de entradas agotadas días antes de la actuación, no sorprende para nada, teniendo en cuenta el gran estado de forma que vive el pop catalán durante los últimos años. Recordemos que grupos como Antònia Font y, en especial, Manel, portan el estandarte de una generación hiper-prolífica, capaz de alcanzar sendas posiciones entre los primeros puestos de los discos más vendidos a nivel nacional durante los meses pasados, ocupar páginas en infinidad de revistas, destacando el amplio artículo que la revista Rockdelux dedicó en el número de abril a repasar la actualidad musical de este heterogéneo movimiento, además del fuerte impacto mediático y, sobre todo, comercial, que tiene a día de hoy.

La primera parte del directo de los mallorquines, en la línea de lo vivido en la pasada edición del FIB, estuvo monopolizada por temas de su último disco, siguiendo un orden cronológico casi estrictamente igual que en éste. Desde el comienzo con “Me sobren paraules”, canción que abre además el álbum, fueron desgranando sobre las tablas cada una de las aristas de su Lamparetes, prestando atención a los artilugios de la vida moderna en “Coses modernes” o una coreada “Islas Baleares” -histriónico collage de recuerdos sobre estas islas- ante un público que tenían conquistado desde antes de subir al escenario.

La banda al completo, una de las más cohesionadas del actual panorama independiente, recibió a los que allí nos dimos cita con un ejemplo de efectivismo y notoriedad escénica, que partiendo por la sutileza de lo sencillo sabe ahondar en lo más profundo de las emociones, trascender sobre imágenes infantilistas los recuerdos de uno mismo.

Joan Miquel, núcleo creativo de la banda, cedió desde la sombra todo el protagonismo de los focos a su vocalista, Pau Debon, quien por cierto, no dejó de sonreír ni un segundo a lo largo de la hora y media que duró la actuación. El resto de los integrantes ocuparon su papel con igual solvencia.

Pasado el primer acto, hubo tiempo para recuperar algunos de los temas más reconocidos de la banda, entre los que sonaron la futurista “Robot”, “A Russia” -descripción de aquellos gélidos paisajes-, un desenlace de lo más free jazz en “Mecanismes”, pasando por el “una cançoneta i mon anem” popular que enlazó con las últimas dos descargas de la banda: un inesperado giro hacia el rap y, por momentos, gutural “Astronauta rimador” -más propia de unos blasfemos Def Con Dos-, culminando con la preciosa melodía de “Calgary 88”. Imposible no sonreír.

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