Anna Calvi, rojo carmín entre sombras de oscuridad

Sobre un escenario preparado para recibir a la recién ascendida a diva, tras un telón de humo artificial, puntual a la hora anunciada, hacía acto de presencia la cantante inglesa de antecedentes italianos. No comenzaba ganándose al público; antes de aparecer en escena los altavoces de la renovada Sala Wah Wah anunciaban cuál era la causa de semejante bochorno de calor: “El aire no se ha puesto por expreso deseo de Anna Calvi”. Percance que fue saldado sin ningún tipo de rencor por los sufridos asistentes una vez la cantante comenzó a dar vida a su guitarra en “Rider to the sea”, canción con la que empezó el recital.

Su disco debut, de título homónimo, ha sabido hacerse un hueco en el competitivo mercado musical con meritos propios. No tardó la prensa especializada en hacerse eco de una de las perlas más preciadas del presente año. Se le ha comparado con voces de la talla de Patti Smith o P J Harvey. Sucesora para algunos de éstas. Pero la gran proeza de la cantante es haber sabido, a través de influencias variadas (ha llegado a citar a músicos tan distantes entre sí como Édith Piaf, Jimi Hendrix o incluso al músico de gipsy jazz Django Reinhardt), crear una identidad propia, irrepetible, como un pastiche seductor amparado en un mundo propio, oscuro y tenebroso, de resonancias cinematográficas.

Para la ocasión optó por variar (no mucho) el vestuario visto en la pasada edición del FIBo en la misma portada del disco: vestida de negro fúnebre, dificilmente sostenida sobre unos tacones de aguja vertiginosos, sin olvidar el rojo intenso de su pintalabios. Puntualización ésta, la citada indumentaria de la cantante, necesaria para dotar de sentido y credibilidad en directo el sonido melancólico de pinceladas góticas tras el que se esconde una suerte de femme fatale con un fuerte carácter que choca con la timidez mostrada al hablar entre canción y canción.

La personalísima identidad de la artista se ampara en dos aspectos clave: una virtuosa voz operística y una ejecucción singular de la guitarra, arpegiando sobre las cuerdas a modo de arpa, que junto a las melodías “reverberizadas” más propias del spaghetti westernacaban por definir el sello de identidad de la cantante. Destellos de genialidad que no tardó en mostrar la pasada noche del sábado.

La alineación sobre el escenario se completó con una espléndida batería (Daniel Maiden-Wood) que además acompañaba en algunos coros, secundada por la multiinstrumentistaMally Harpaz en el harmonio, y un segundo guitarrista, escondido tras la sombra, encargado más de un apoyo logístico que funcional.

En cuanto al repertorio no hubo lugar a las sorpresas. Sonó casi de principio a fin su único disco editado hasta la fecha, sin por ello dejar ni un minuto de respiro para el espectador. Destacó sobre el resto “First we kiss”, “The devil” y una de las canciones con las que concluyó el concierto: la heredera más directa de la vertiente neoyorquina de entre sus referentes, “Suzanne and I”, tras la que se esconde en el imaginario de muchos la voz contundente de Patti Smith. Mencionar las versiones oscurecidas (en el sentido estético, para nada en cuanto a calidad) del reconocido hit de Elvis Presley, “Surrender”, y “Jezebel” (de Edith Piaf), esta última dejada para el bis final.

Ciertamente sorprende que, a pesar de contar con un repertorio a priori bastante limitado, el espectáculo no resulte irregular ni aburrido en ocasiones. El disco parece hecho para el directo, y lejos de perder sustancia sobre el escenario, gana notablemente en intensidad.

Tal y como esperabamos, muy lejos de la decepción vivida tras su pasado concierto en Benicassim, el habitat natural de esta felina se encuentra entre el sudor y la cercanía de una sala de mediano aforo. Cortó la respiración por momentos al cuantioso número de seguidores que allí nos dimos cita, manteniéndonos extasiados de principio a fin.

 

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