Aburrido

Querida gentuza, no es ningún secreto que en el maltrecho mundo de la música independiente (“subdesarrollada”, que diría un amigo) es época, más que de vacas flacas, de esqueletos roídos por los buitres. Y cuando no hay pasta, más que en crear, la única preocupación es llenar la nevera como sea, aunque sea de yogur caducado. Para eso hay que ir a lo seguro, y lo seguro, a base de repetición, se acaba convirtiendo, inevitablemente, en algo aburrido. Una situación socioeconómica que entre el descenso de ingresos por parte de la industria musical y el 21% de IVA (el más alto de Europa) que ha aplicado el actual gobierno, parece haber dado la puntilla:

Bandas tributo a cascoporro, que saturan las programaciones de las salas, para las que resulta más arriesgado jugársela con grupos nuevos que apostar por imitadores de grupos consagrados y que por tanto gozan de público asegurado. Programar este tipo de eventos de manera cada vez más habitual no es exactamente el problema, sino más bien una consecuencia del mismo: los ingresos descienden a velocidad de vértigo y ya no queda margen para arriesgar. Por otro lado, políticas que apuestan por una cultura de “grandes eventos” abandonando a su suerte a la cultura de base, la del día a día, la de las salas de conciertos, a las cuales se acosa con leyes cada vez más restrictivas. Cada vez más. Y más. Y más… Una Radio 3 que “tocó techo en cuanto vendió su alma al indie” (Diego Manrique dixit), y que salvo algunas excepciones (El Sotano, Capitán Demo, y poco más) tan solo apuesta por grupos pertenecientes a multinacionales, por amiguetes o por clones, de clones, de clones…y así hasta el infinito. Nada nuevo o estimulante bajo el sol.

Discográficas que al ver reducidos sus ingresos, se limitan a apostar por los grupos grandes que puedan tener en cartera, o por productos clónicos, y ya no gozan de margen para arriesgar invirtiendo en grupos nuevos, originales o diferentes, que puedan así construir una carrera a medio o largo plazo. Siempre los mismos, una vez, y otra, y otra, y otra…No money, honey. Una industria audiovisual demasiado preocupada por criminalizar al usuario de internet como para darse cuenta (o directamente no querer darse cuenta) de que quien le ha robado el queso es la industria telefónica. Festivales a mansalva, igualitos unos y otros (advertencia para navegantes: todas las burbujas acaban estallando), siempre con los mismos cabezas de cartel, y en los que la presencia local se limita a algún que otro nombre para cubrir el expediente y a correr. Pelo a lo Hitler, barba a lo Marx, más preocupados por encajar en tal o cual estilo que por crear grandes canciones a las que agarrarse, con lo cual se conseguirá sacar a los melómanos de unos festivales a los que la chavalería irá a beber, follar, y en lo que las música será lo de menos. Imagino a un grupo de chavales decidiendo simplemente ir al que les resulte más barato o le pille más  a mano sin importar en absoluto quien esté encima del escenario, “¿Qué más da, si suenan todos igual?”… A este respecto, es muy recomendable la escucha de la siguiente canción.

Grupos en valenciano, que ni están, ni se les espera, básicamente porque no se cuenta con ellos, fruto de una política cultural que les ha marginado y ninguneado durante las últimas dos décadas, “no vaya a ser que nos saquen alguna cuatribarrada al escenario y nos la líen parda”, les imagino pensando sofocados en despachos de altas instancias, desaprovechando así, por meras cuestiones ideológicas y que nada tienen que ver con la música, una época dorada en cuanto a música en valenciano se refiere. Certámenes que promueven meros ejercicios de estilo de grupos cortados por el mismo patrón, de mensaje ideológicamente insustancial y en el que priman idiomas foráneos sobre los propios “no vaya a ser que se les entienda, se les ocurra decir alguna barbaridad, y nos la líen parda”, piensan sofocados los organizadores a la hora de convocar los concursos. Una industria, dirigida fundamentalmente por hombres, que parece relegar el único rol femenino con visos de éxito mediático al de la chica con guitarrita acústica haciendo folk noño o indie pop blandito. “La caña ya la meteremos nosotros, guapa”, parece faltarles decir antes de darles un pellizco en el culo y enviarlas a por cerveza…

Podría extenderme hasta el infinito, aunque me parece que ya van captando la idea, ¿verdad? Cuando un panorama se dedica a mirarse el ombligo, dar vueltas en círculo mordiéndose la cola, y a regodearse en ejercicios de nostalgia de lo que fue y ya inevitablemente  nunca volverá a ser, en lugar de tratar de avanzar hacia algún lugar, bien puede empezar a buscar una buena plaza en el camposanto. Y por el camino que vamos, ya empieza a oler a ciprés. No sé quien dijo una vez que las crisis sobrevienen cuando un viejo modelo se niega a morir, y otro nuevo no acaba de nacer. Cuando la cultura no avanza y trata de explorar nuevas vías, acaba perdiendo su sentido artístico para convertirse en una mera industria del entretenimiento, sin alma, incapacidad de hacer reflexionar o simplemente de dejar poso. De este agonizante modelo cultural surgirá otro nuevo en el que tal vez las propuestas hoy en día marginales se acaben abriendo camino. Hasta entonces, a verlas venir.  En el magnifico libro “Conversaciones con Billy Wilder” de Cameron Crow, publicado en nuestro país por Alianza Editorial el año 2000, el veterano cineasta austríaco daba una serie de consejos, a modo de decálogo, a su joven pupilo. Todos ellos (entre los que se encontraban “el publico es caprichoso” o “no tomes al público por estúpido”) quedaban resumidos en una máxima válida para todas las facetas del mundo del espectáculo: No Aburrir. Una máxima que todos aquellos, pasados, presentes o futuros, que quieran dedicarse al negocio del entretenimiento debería aprender. Aunque para los presentes ya parezca ser demasiado tarde.

Ah sí,  Feliz 2015, y todo eso…

Mariano López Torregrosa || @normanperks

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